Tras el derrame del Exxon Valdez en Alaska, se realizaron muchas
labores manuales para extraer parte del fuel, pero al verse
insuficientes, decidieron aplicar técnicas más avanzadas en cuanto a
eliminación del fuel, y entonces llegó el turno de las bacterias.
La tarea de los investigadores consistió en estudiar las bacterias
autóctonas de la zona para encontrar alguna que de manera natural
degradase el petróleo, después de eso, las líneas de investigación se
centraron en encontrar un método eficiente de bioestimulación,
para potenciar en gran medida la acción de dichas bacterias.
Los trabajos de investigación fueron dirigidos a buscar un abono que
ofreciese nitrógeno y fósforo a las bacterias, que asegurase una mínima
permanencia en el agua (a pesar de las mareas y corrientes) y la
ausencia de riesgos toxicológicos para los ecosistemas marinos. Tras
descartar una serie de productos fertilizantes (entre ellos
fertilizantes agrarios), se eligieron 2 candidatos, uno oleofílico (lo
cual permitía que estuviese disponible constantemente para las bacterias
al tiempo que se encontraban en la zona contaminada) y otro de
liberación lenta (lo que aseguraba una presencia constante a pesar de
las mareas y las tormentas).
Finalmente se escogió el oleofílico (más por disponibilidad que por poseer mayores ventajas). Más tarde, en el derrame del Prestige se empleó un fertilizante similar, cambiando un compuesto que se consideraba ligeramente más tóxico.
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